—¿No le decía a usted que nos veríamos todavía?—dijo éste.
—Sí. Es verdad.
Martín presentó a su mujer al periodista y los tres reunidos esperaron a que llegaran los últimos soldados.
Al anochecer, en un grupo de seis o siete, apareció Carlos Ohando y el
Cacho.
Catalina se acercó a su hermano con los brazos abiertos.
—¡Carlos! ¡Carlos!—gritó.
Ohando quedó atónito al verla; luego con un gesto de ira y de desprecio añadió:
—Quítate de delante. ¡Perdida! ¡Nos has deshonrado!
Y en su brutalidad escupió a Catalina en la cara. Martín, cegado, saltó como un tigre sobre Carlos y le agarró por el cuello.
—¡Canalla! ¡Cobarde!—rugió—. Ahora mismo vas a pedir perdón a tu hermana.