—¡Suelta! ¡Suelta!—exclamó Carlos ahogándose.

—¡De rodillas!

—¡Por Dios, Martín ¡Déjale!—gritó Catalina—. ¡Déjale!

—No, porque es un miserable, un canalla cobarde, y te va a pedir perdón de rodillas.

—No—exclamó Ohando.

—Sí—y Martín le llevó por el cuello, arrastrándole por el barro, hasta donde estaba Catalina.

—No sea usted bárbaro—exclamó el extranjero—. Déjelo usted.

—¡A mí, Cacho! ¡A mí!—gritó Carlos ahogadamente.

Entonces, antes de que nadie lo pudiera evitar, el Cacho, desde la esquina de la posada, levantó su fusil, apuntó; se oyó una detonación, y Martín, herido en la espalda, vaciló, soltó a Ohando y cayó en la tierra.

Carlos se levantó y quedó mirando a su adversario. Catalina se lanzó sobre el cuerpo de su marido y trató de incorporarle. Era inútil.