—¿Cómo te llamas?

—Martín, ¿y tú?

—Yo, Linda.

—Así se llamaba la perra del médico—dijo poco galantemente Martín.

Linda no protestó de la comparación; fué detrás de la entrada del circo, tiró de una lona, abrió un resquicio, y dijo a Martín:

—Anda, pasa.

Se deslizó Martín y luego ella.

—¿Cuando me darás las cerezas?—preguntó la chica.

—Cuando esto se concluya iré a buscarlas.

Martín se colocó entre el público. El espectáculo que ofrecía el domador de fieras era realmente repulsivo.