—No. Juega tú si quieres.

Carlos, que había comprobado una vez mas la simpatía de su hermana por
Martín, sintió avivarse su odio.

Había venido aquella vez Carlos Ohando de Oñate más sombrío, más fanático y más violento que nunca.

Martín sabía el odio del hermano de Catalina y, cuando lo encontraba por casualidad, huía de él, lo cual a Carlos le producía más ira y más furor.

Martín estaba preocupado, buscando la manera de seguir los consejos de Tellagorri y de dedicarse al comercio; había dejado su oficio de cochero y entrado con Arcale en algunos negocios de contrabando.

Un día, una vieja criada de casa de Ohando, chismosa y murmuradora, fué a buscarle y le contó que la Ignacia, su hermana, coqueteaba con Carlos, el señorito de Ohando.

Si doña Águeda lo notaba iba a despedir a la Ignacia, con lo cual el escándalo dejaría a la muchacha en una mala situación.

Martín, al saberlo, sintió deseos de presentarse a Carlos y de insultarle y desafiarle. Luego, pensando que lo esencial era evitar las murmuraciones, ideó varias cosas, hasta que al último le pareció lo mejor ir a ver a su amigo Bautista Urbide.

Había visto al vasco francés muchas veces bailando con la Ignacia y creía que tenía alguna inclinación por ella.

El mismo día que le dieron la noticia se presentó en la tahona de Archipi en donde Urbide trabajaba. Lo encontró al vasco francés desnudo de medio cuerpo arriba en la boca del horno.