—Yo te los doy.
—¿Y por qué es esa prisa? ¿Le pasa algo a la Ignacia?
—No, pero he sabido que Carlos Ohando la está haciendo el amor. ¡Y como la tiene en su casa!…
—Nada, nada. Hablale tú y, si ella quiere, ya está. Nos casamos en seguida.
Se despidieron Bautista y Martín, y éste, al día siguiente, llamó a su hermana y le reprochó su coquetería y su estupidez. La Ignacia negó los rumores que habían llegado hasta su hermano, pero al último confesó que Carlos la pretendía, pero con buen fin.
—¡Con buen fin!—exclamó Zalacaín—. Pero tú eres idiota, criatura.
—¿Por qué?
—Porque te quiere engañar, nada mas.
—Me ha dicho que se casará conmigo.
—¿Y tú le has creído?