—¡Yo! Le he dicho que espere y que te preguntaré a ti, pero él me ha contestado que no quiere que te diga a ti nada.

—Claro. Porque yo echaría abajo sus planes. Te quiere engañar, y quiere deshonrarnos, y que el pueblo entero nos desprecie porque me odia a mí. Yo no te digo más que una cosa, que si pasa algo entre ese sacristán y tú, te despellejo a ti y a él, y le pego fuego a la casa, aunque me lleven a presidio para toda la vida.

La Ignacia se echó a llorar, pero cuando Martín le dijo que Bautista se quería casar con ella y que tenía dinero, se secaron pronto sus lágrimas.

—¿Bautista quiere casarse?—preguntó la Ignacia asombrada.

—Sí.

—¡Pero si no tiene dinero!

—Pues ahora lo ha encontrado.

La idea del casamiento con Bautista no soló consoló a la muchacha, sino que pareció ofrecerle un halagador porvenir.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Salir de la casa?—preguntó la Ignacia, secándose las lágrimas y sonriendo.

—No, por de pronto sigue ahí, es lo mejor, y dentro de unos días
Bautista irá a ver a doña Águeda y a decirla que se casa contigo.