Martín empujó la puerta, sujeta con un clavo, y entró dentro del chozo. Inmediatamente corrió a dar parte a los amigos de su descubrimiento. Los fardos que llevaban las mulas tenían mantas, y extendiéndolas y sujetándolas por un extremo en la choza de los carabineros y por otro en unas ramas, improvisaron un cobertizo para las caballerías.
Puestas en seguridad la carga y las mulas, entraron los tres en la casa de los carabineros y encendieron una hermosa hoguera. Bautista fabricó en un momento, con fibras de pino, una antorcha para alumbrar aquel rincón.
Esperaron a que pasara el temporal y se dispusieron los tres a matar el tiempo junto a la lumbre. Capistun llevaba una calabaza llena de aguardiente de Armagnac y, mezclándolo con agua que calentaron, bebieron los tres.
Luego, como era natural, hablaron de la guerra. El carlismo se extendía y marchaba de triunfo en triunfo. En Cataluña y en el país vasco-navarro iba haciendo progresos. La República española era una calamidad. Los periódicos hablaban de asesinatos en Málaga, de incendios en Alcoy, de soldados que desobedecían a los jefes y se negaban a batirse. Era una vergüenza.
Los carlistas se apoderaban de una porción de pueblos abandonados por los liberales. Habían entrado en Estella.
En las dos orillas del Bidasoa, lo mismo en la frontera española que en la francesa, se sentía un gran entusiasmo por la causa del Pretendiente.
Capistun y Bautista señalaron sus conocidos alistados ya en la facción. La mayoría eran mozos, pero no faltaban tampoco los viejos. Los fueron citando.
Allá estaban Juan Echeberrigaray, de Espeleta; Tomás Albandos, de Añoa; el herrero Lerrumburo, de Zaro; Echebarría, de Irisarri; Galparzasoro, el alpargatero de Urruña; Mearuberry, el carnicero de Ostabat, Miguel Larralde, el de Azcain; Carricaburo, el mozo de un caserío de Arhamus; Chaubandidegui, el hijo del confitero de Azcarat; Peyrohade y Lafourchette, los dos mozos del bazar de Hasparren.
—¡Valientes granujas!—murmuró Martín, que escuchaba.
Capistun y Bautista siguieron su enumeración. Estaban también Bordagorri, el de Meharín; Achucarro, de Urdax; Etchehun, el versolari de Chacxu; Gañecoechia, de Osses; Bishiño, de Azparrain, Listurria, de Briscus; Rebenacq, de Pourtalés; el propietario de Saint Palais con el barón Lesbas d'Armagnac, de Mauleon; Detchesarry, el sacristán de Biriatu; Guibeleguieta, de Barcus; Iturbide, de Hendaya; Echemendi, el minero de Articuza; Chocoa, el cantero de San Estéban de Baigorri; Garraiz, el cazador de palomas de Echalar; Setoain, el leñador de Esterensuby; Isuribere, el pastor de Urepel; y Chiquierdi, el de Zugarramurdi.