Costeando un arroyo que bajaba a unirse con la Nivelle y cruzando prados, llegaron a una borda, donde se detuvieron a cenar.
Los tres hombres eran Martín Zalacaín, Capistun el gascón y Bautista
Urbide. Llevaban una partida de uniformes y de capotes.
El alijo iba consignado a Lesaca, en donde lo recogerían los carlistas.
Después de cenar en la borda, los tres hombres sacaron las mulas y continuaron el viaje subiendo por el monte Larrun.
Era la noche fría, comenzaba a nevar. En los caminos y sendas, llenos de lodo, se resbalaban los pies; a veces una mula entraba en un charco hasta el vientre y a fuerza de fuerzas se lograba sacarla del aprieto.
Los animales llevaban mucho peso. Era preciso seguir el camino largo, sin utilizar las veredas, y la marcha se hacía pesada. Al llegar a la cumbre y al entrar en el puerto de Ibantelly, les sorprendió a los viandantes una tempestad de viento y de nieve.
Se encontraban en la misma frontera. La nieve arreciaba; no era fácil seguir adelante. Los tres hombres detuvieron las mulas, y mientras quedaba Capistun con ellas, Martín y Bautista se echaron uno a un lado y el otro al otro, para ver si encontraban cerca algún refugio, cabaña o choza de pastor.
Zalacaín vió a pocos pasos una casucha de carabineros cerrada.
—¡Eup! ¡Eup!—gritó.
No contestó nadie.