—Bueno, vete tú—repuso Martín—yo te alcanzo en seguida.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a ver si veo a Catalina.
—Yo te esperaré.
Catalina y su madre vivían en una magnífica casa de Alzate. Llamó
Martín en ella, y a la criada, que ya le conocía, la dijo:
—¿Está Catalina?
—Sí… Pasa.
Entró en la cocina. Era ésta grande y espaciosa y algo obscura. Alrededor de la ancha campana de la chimenea colgaba una tela blanca planchada, sujeta por clavos. Del centro de la campana bajaba una gruesa cadena negra, en cuyo garfio final se enganchaba un caldero. A un lado de la chimenea, había un banquillo de piedra, sobre el cual estaban en fila tres herradas con los aros de hierro brillantes, como si fueran de plata. En las paredes se veían cacerolas de cobre rojizo y lodos los chismes de la cocina de la casa, desde las sartenes y cucharas de palo, hasta el calentador, que también figuraba colgado en la pared como parte integrante de la batería de cocina.
Aquel orden parecía algo absurdo y extraordinario, contrastado con la agitación exterior.
La criada había subido la escalera y, tras de algún tiempo, bajó
Catalina envuelta en un mantón.