—¿Eres tú?—dijo sollozando.

—Sí, ¿qué pasa?

Catalina, llorando, contó que su madre estaba muy enferma, su hermano se había ido con los carlistas y a ella querían meterla en un convento.

—¿A dónde te quieren llevar?

—No sé, todavía no se ha decidido.

—Cuando lo sepas, escríbeme.

—Sí, no tengas cuidado. Ahora vete, Martín, porque mi madre habrá oído que estamos hablando y, como ha sentido los tiros hace poco, está muy alarmada.

Efectivamente, se oyó poco después una voz débil que exclamaba:

—¡Catalina! ¡Catalina! ¿Con quién hablas?

Catalina tendió la mano a Martín, quien la estrechó en sus brazos. Ella apoyó la cabeza en el hombro de su novio y, viendo que la volvían a llamar subió la escalera. Zalacaín la contempló absorto y luego abrió la puerta de la casa, la cerró despacio y, al encontrarse en la calle, se vió con un espectáculo inesperado. Bautista discutía a gritos con tres hombres armados, que no parecían tener para él muy buenas disposiciones.