—¿Qué pasa?—preguntó Martín.

Pasaba, sencillamente, que aquellos tres individuos eran de la partida del Cura y habían presentado a Bautista Urbide este sencillo dilema:

«O formar parte de la partida o quedar prisionero y recibir además, de propina, una tanda de palos.»

Martín iba a lanzarse a defender a su cuñado cuando vió que a un extremo de la calle aparecían cinco o seis mozos armados. En el otro esperaban diez o doce. Con su rápido instinto de comprender la situación, Martín se dió cuenta de que no había más remedio que someterse y dijo a Bautista, en vascuence, aparentando gran jovialidad:

—¡Qué demonio, Bautista! ¿No querías tú entrar en una partida? ¿No somos carlistas? Pues ahora estamos a tiempo.

Uno de los tres hombres, viendo como se explicaba Zalacaín, exclamó satisfecho:

¡Arrayua! Este es de los nuestros. Venid los dos.

El tal hombre era un aldeano alto, flaco, vestido con un uniforme destrozado y una pipa de barro en la boca. Parecía el jefe y le llamaban Luschía.

Martín y Bautista siguieron a los mozos armados, pasaron de Alzate a
Vera y se detuvieron en una casa, en cuya puerta había un centinela.

—¡Bajadlos! ¡Bajadlos!—dijo Luschía a su gente.