Sacaron a la calle un tambor de regimiento y un cesto, y a los dos viejos los ataron.

—¿Qué es lo que han hecho?—preguntó Martín a uno de la partida que llevaba una boina a rayas.

—Que son traidores—contestó éste.

El uno era un maestro de escuela y el otro un expartidario de la guerrilla del Cura.

Cuando estuvieron las dos víctimas atadas y con las espaldas desnudas, el ejecutor de la justicia, el mozo de la boina a rayas, se remangó el brazo y cogió una vara.

El maestro de escuela, suplicante, imploró:

—¡Pero si todos somos unos!

El exguerrillero no dijo nada.

No hubo apelación ni misericordia. Al primer golpe, el maestro de escuela perdió el sentido; el otro, el antiguo lugarteniente del Cura, calló y comenzó a recibir los palos con un estoicismo siniestro.

Luschía se puso a hablar con Zalacaín. Este le contó una porción de mentiras. Entre ellas le dijo que él mismo había guardado cerca de Urdax, en una cueva, más de treinta fusiles modernos. El hombre oía y, de cuando en cuando, volviéndose al ejecutor de sus órdenes, decía con voz gangosa: ¡Jo! ¡Jo! (Pega, pega).