Salió a abrirle una muchacha, y poco después se presentó un señor. La muchacha le dijo que dejara la boina en el colgador.
—¿Para qué?—replicó Joshé—y luego, dirigiéndose al señor, le preguntó:—¿Es la criada, eh?
—No, esta señorita es mi hija—contestó fríamente el señor Arizmendi.
Cracasch comprendió que había dado un tropiezo y para enmendarlo, dijo:
—Es muy guapa. ¡Ya se parece a usted, ya!
—No. Si es hijastra mía—contestó el señor Arizmendi.
—Ja, ja… ¡qué risa!… Ya tendrá novio, eh.
Cacochipi fué a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la muchacha tenía amores, a disgusto de los padres, con un primo.
El señor Arizmendi le dijo que no hiciera más preguntas impertinentes, que ya sabía que era medio bobo, pero que aprendiese a reportarse.
Joshé, muy extrañado con tal exabrupto, fué al cuarto del chico, donde dió su primera lección de solfeo. Aquellas palabras duras del señor Arizmendi, más que ofender le extrañaron. Joshé no tenía ninguna malicia, toda su vida la había pasado pensando en la música, y de otras cosas nada sabía.