A Cacochipi, que estuvo varias veces invitado a comer con la familia de Arizmendi, le chocaba la tristeza del padre y de la madre y de las hermanas y quiso alegrarles un poco; porque, como dice el profano: Omissis curis, jucunde vivendum esse; lo cual quiere decir que se debe vivir alegremente y sin cuidados.

Lo primero que se le ocurrió a Cracasch, un día que se le figuró que ya tenía confianza con la familia de Arizmendi, fué, a los postres, imitar el ruido del tren; luego intentó cantar una canción que en la taberna tenía mucho éxito. En esta canción se hace como si se tocara la flauta y el bombo, y como si se comiera en una cazuela, y luego medio se desnuda uno mientras canta. Joshé creía que, cuando él se quitara la chaqueta y el chaleco, toda la familia rompería a reir a carcajadas, pero fué todo lo contrario, porque el señor Arizmendi, mirándole con ojos terribles, le dijo:

—Bueno, Cacochipi: póngase usted el chaleco y no vuelva usted a quitárselo delante de nosotros.

Joshé se quedó frío, y no precisamente por la falta del chaleco.

—A esta gente no les hace gracia nada—murmuró.

Un día, apareció a dar la lección con la cara pintada con varios lunares y no hizo efecto; otro, ayudado por su discípulo, ató los cubiertos a la mesa… y nada.

—¿Qué tal, Cracasch?—le preguntaba alguno en la calle—. ¿Cómo va la familia de Arizmendi?

—¡Ah! Es una gente que nada le gusta.—contestaba él—. Se hacen cosas bonitas para divertirles… y nada.

El día de Carnaval, Joshé Cracasch tuvo una idea de las suyas y fué convencer a su discípulo para que sacara los trajes de su madre y de una hermana. Se disfrazarían los dos y darían a la familia Arizmendi una broma graciosísima.

—Ahora sí que se van a reir—decía Cacochipi en su interior.