—Vaya. Bajen ustedes y no alboroten—dijo Egozcue con finura.
Bajaron primero dos campesinos vascongados y un cura; luego, un hombre rubio, al parecer extranjero, y después saltó una muchacha morena, que ayudó a bajar a una señora gruesa, de pelo blanco.
—Pero Dios mío, ¿adónde nos llevan?—exclamó ésta.
Nadie le contestó.
—¡Anchusa! ¡Luschía! Desenganchad los caballos—gritó el Cura—. Ahora, todos a la posada.
Anchusa y Luschía llevaron los caballos y no quedaron con el cura más que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacaín y Joshé Cracasch.
—Acompañad a éstos—dijo el cabecilla a dos de sus hombres, señalando a los campesinos y al cura.
—Vosotros—é indicó a Bautista, Zalacaín, Joshé Cracasch y otros dos hombres armados—id con la señora, la señorita y este viajero.
La señora gruesa lloraba afligida.
—Pero, ¿nos van a fusilar?—preguntó gimiendo.