—¡Vamos! ¡Vamos!—dijo uno de los hombres armados, brutalmente.

La señora se arrodilló en el suelo, pidiendo que la dejaran libre.

La señorita, pálida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los ojos. Sin duda, sabía los procedimientos usados por el cura con las mujeres.

A algunas solía desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel el pecho y la espalda y las emplumaba; a otras les cortaba el pelo o lo untaba de brea y luego se lo pegaba a la espalda.

—Ande usted, señora—dijo Martín—, que no les pasará nada.

—Pero, ¿adónde?—preguntó ella.

—A la posada, que está aquí cerca.

La joven nada dijo, pero lanzó a Martín una mirada de odio y de desprecio.

Las dos mujeres y el extranjero comenzaron a marchar por la carretera.

—Atención, Bautista—dijo Martín en francés—, tú al uno, yo al otro.
Cuando no nos vean.