El extranjero, extrañado, en el mismo idioma preguntó:
—¿Qué van ustedes a hacer?
—Escaparnos. Vamos a quitar los fusiles a estos hombres. Ayúdenos usted.
Los dos hombres armados, al oir que se entendían en una lengua que ellos no comprendían, entraron en sospechas.
—¿Qué habláis?—dijo uno, retrocediendo y preparando el fusil.
No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martín le dió un garrotazo en el hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos. Joshé Cracasch estaba como en babia.
Las dos mujeres, viéndose libres, echaron a correr por la carretera, en dirección a Hernani. Cracasch las siguió. Éste llevaba una mala escopeta, que podía servir en último caso. El extranjero y Martín tenían cada uno su fusil, pero no contaba más que con pocos cartuchos. A uno le habían podido quitar la cartuchera, al otro fué imposible. Éste volaba corriendo a dar parte a los de la partida.
El extranjero, Martín y Bautista corrieron y se reunieron con las dos mujeres y con Joshé Cracasch.
La ventaja que tenían era grande, pero las mujeres corrían poco; en cambio, la gente del cura en cuatro saltos se plantaría junto a ellos.
—¡Vamos! ¡Animo!—decía Martín—. En una hora llegamos.