—No puedo—gemía la señora—. No puedo andar más.

—¡Bautista!—exclamó Martín—. Corre a Hernani, busca gente y tráela.
Nosotros nos defenderemos aquí un momento.

—Iré yo—dijo Joshé Cracasch.

—Bueno, entonces deja el fusil y las municiones.

Tiró el músico el fusil y la cartuchera y echó a correr, como alma que lleva el diablo.

—No me fío de ese músico simple—murmuró Martín—. Vete tú, Bautista.
La lástima es que quede un arma inútil.

—Yo dispararé—dijo la muchacha.

Se volvieron a hacer frente, porque los hombres de la partida se iban acercando.

Silbaban las balas. Se veía una nubecilla blanca y pasaba al mismo tiempo una bala por encima de las cabezas de los fugitivos. El extranjero, la señorita y Martín se guarecieron cada uno detrás de un árbol y se repartieron los cartuchos. La señora vieja, sollozando, se tiró en la hierba, por consejo de Martín.

—¿Es usted buen tirador?—preguntó Zalacaín al extranjero.