—¿Yo? Sí. Bastante regular.
—¿Y usted, señorita?
—También he tirado algunas veces.
Seis hombres se fueron acercando a unos cien metros de donde estaban guarecidos Martín, la señorita y el extranjero. Uno de ellos era Luschía.
—A ese ciudadano le voy a dejar cojo para toda su vida—dijo el extranjero.
Efectivamente, disparó y uno de los hombres cayó al suelo dando gritos.
—Buena puntería—dijo Martín.
—No es mala—contestó fríamente el extranjero.
Los otros cinco hombres recogieron al herido y lo retiraron hacia un declive. Luego, cuatro de ellos, dirigidos por Luschía, dispararon al árbol de dónde había salido el tiro. Creían, sin duda, que allí estaban refugiados Martín y Bautista y se fueron acercando al árbol. Entonces disparó Martín é hirió a uno en una mano.
Quedaban solo tres hábiles, y, retrocediendo y arrimándose a los árboles, siguieron haciendo disparos.