—¿Habrá descansado algo su madre?—preguntó Martín a la señorita.
—Sí.
—Que siga huyendo. Vaya usted también.
—No, no.
—No hay que perder tiempo—gritó Martín, dando una patada en el suelo—. Ella sola o con usted. ¡Hala! En seguida.
La señorita dejó el fusil a Martín y, en unión de su madre, comenzó a marchar por la carretera.
El extranjero y Martín esperaron, luego fueron retrocediendo sin disparar, hasta que, al llegar a una vuelta del camino, comenzaron a correr con toda la fuerza de sus piernas. Pronto se reunieron con la señora y su hija. La carrera terminó a la media hora, al oir que las balas comenzaban a silbar por encima de sus cabezas.
Allí no había árboles donde guarecerse, pero sí unos montes de piedra machacada para el lecho de la carretera, y en uno de ellos se tendió Martín y en el otro el extranjero. La señora y su hija se echaron en el suelo.
Al poco tiempo, aparecieron varios hombres; sin duda, ninguno quería acercarse y llevaban la idea de rodear a los fugitivos y de cogerlos entre dos fuegos.
Cuatro hombres fueron a campo traviesa por entre maizales, por un lado de la carretera, mientras otros cuatro avanzaban por otro lado, entre manzanos.