Si Bautista no viene pronto con gente, creo que nos vamos a ver apurados—exclamó Martín.
La señora, al oirle, lanzó nuevos gemidos y comenzó a lamentarse, con grandes sollozos, de haber escapado.
El extranjero sacó un reloj y murmuró:
—Tenía tiempo. No habrá encontrado nadie.
—Eso debe ser—dijo Martín.
—Veremos si aquí podemos resistir algo—repuso el extranjero.
—¡Hermoso día!—murmuró Martín.
La verdad es que un día tan hermoso convida a todo, hasta que le peguen a uno un tiro.
—Por si acaso, habrá que evitarlo en lo posible.
Dos o tres balas pasaron silbando y fueron a estrellarse en el suelo.