—¡Rendíos!—dijo la voz de Belcha, por entre unos manzanos.

—Venid a cogernos—gritó Martín, y vió que uno le apuntaba en el monte, desde cerca de un árbol; él apuntó a su vez, y los dos tiros sonaron casi simultáneamente. Al poco tiempo, el hombre volvió a aparecer más cerca, escondido entre unos helechos, y disparó sobre Martín.

Éste sintió un golpe en el muslo y comprendió que estaba herido. Se llevó la mano al sitio de la herida y notó una cosa tibia. Era sangre. Con la mano ensangrentada cogió el fusil y, apoyándose en las piedras, apuntó y disparó. Luego sintió que se le iban las fuerzas, al perder la sangre, y cayó desmayado.

El extranjero aguardó un momento, pero, en aquel instante, una compañía de miqueletes avanzaba por la carretera, corriendo y haciendo disparos, y la gente del Cura se retiraba.

CAPÍTULO VI

CÓMO CUIDÓ LA SEÑORITA DE BRIONES A MARTÍN ZALACAÍN

Cuando de nuevo pudo darse Martín Zalacaín cuenta de que vivía, se encontró en la cama, entre cortinas tupidas.

Hizo un esfuerzo para moverse y se sintió muy débil y con un ligero dolor en el muslo.

Recordó vagamente lo pasado, la lucha en la carretera, y quiso saber dónde estaba.

—¡Eh!—gritó con voz apagada.