Las cortinas se abrieron y una cara morena, de ojos negros, apareció entre ellas.
—Por fin. ¡Ya sé ha despertado usted!
—Sí. ¿Dónde me han traído?
—Luego le contaré a usted todo—dijo la muchacha morena.
—¿Estoy prisionero?
—No, no; está usted aquí en seguridad.
—¿En qué pueblo?
—En Hernani.
—Ah, vamos. ¿No me podrían abrir esas cortinas?
—No, por ahora no. Dentro de un momento vendrá el médico y, si le encuentra a usted bien, abriremos las cortinas y le permitiremos hablar. Con que ahora siga usted durmiendo.