Martín sentía la cabeza débil y no le costó mucho trabajo seguir el consejo de la muchacha.

Al mediodía llegó el médico, que reconoció a Martín la herida, le tomó el pulso y dijo:

—Ya pueda empezar a comer.

—¿Y le dejaremos hablar, doctor?—preguntó la muchacha.

—Sí.

Se fué el doctor, y la muchacha de los ojos negros descorrió las cortinas y Martín se encontró en una habitación grande, algo baja de techo, por cuya ventana entraba un dorado sol de invierno. Pocos instantes después, apareció Bautista en el cuarto, de puntillas.

—Hola, Bautista—dijo Martín burlonamente—. ¿Qué te ha parecido nuestra primera aventura de guerra? ¿Eh?

—¡Hombre! A mí, bien—contestó el cuñado—. A ti quizá no te haya parecido tan bien.

—¡Pse! Ya hemos salido de esta.

La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconoció Martín, era la señorita a quien habían hecho bajar del coche los de la partida del Cura y después se había fugado con ellos en compañía de su madre.