—No sé, la verdad.

—¡Qué cosa más rara! ¿Que tipo tiene?

—Es así… algo rubia…

—¿Y tiene hermosos ojos?

—No tanto como usted—dijo Martín.

A Rosita Briones le centellearon los ojos y envolvió a Martín en una de sus miradas enigmáticas.

Una tarde se presentó en Hernani el hermano de Rosita.

Era un joven fino, atento, pero poco comunicativo.

Doña Pepita le puso a Zalacaín delante de su hijo como un salvador, como un héroe.

Al día siguiente, Rosita y su madre iban a San Sebastián, para marcharse desde allí a Logroño.