Uno de los carceleros conducía al sacerdote que debía exhortar al reo a bien morir; y al verlo entrar, las Hermanas de la agonía salieron del calabozo.

Yo abracé al condenado a muerte por última vez.

—Acordaos de lo que me habéis prometido, me dijo.

—Morid en paz, le respondí.

Y salí a mi vez.

El carcelero me siguió, y me dijo al llegar a los corredores:

—Tengo órden de conduciros a un calabozo, cuya ventana da al patio de la ejecución.

—Muy bien, le respondí.

El calabozo donde entramos era bastante espacioso, y tenía una ventana mayor que todas los otras.

Bastaba subirse en un banco, para llegar cómodamente a aquella ventana.