—¿No os queda nada que decirme?

—Nada más. Ya lo sabéis todo. ¡Ah! olvidaba... os lego mi cuerda..... En esto hago uso de mi derecho.

—Ya lo sé: el gobernador me lo ha dicho.

—¡Ah!

—Y aun parece agradarle el que yo sea vuestro heredero.

El infeliz reo se sonrió tristemente.

—¡Pobre hombre! dijo aludiendo al gobernador, no es fuerte por cierto para luchar con vos.

La noche se pasó así.

Las Hermanas de la agonía no cesaron en sus oraciones, y el reo y yo seguimos hablando en voz baja.

En fin, a las cinco de la mañana se abrió la puerta del calabozo.