—¿Qué queréis? dijo suspirando; cada cual tiene su flaco en este mundo, y el mío es el de una benevolencia sin límites. Me sois muy simpático, y si declaráis con toda sinceridad, os querré como a un hijo.
Y con esto me estrechó afectuosamente la mano y me dejó.
Una hora después, me condujeron al calabozo del condenado a muerte.
Las Hermanas de las agonía se encontraban ya allí, y se disponían a ejercer su santo ministerio.
El marido de Betzy-Justice me recibió sonriéndose.
—Es para mañana, me dijo.
—¿No tenéis miedo a la muerte? le pregunté.
—No.
Y levantando la mano hacia la ventana del calabozo, a través de la cual se veía un reducido punto del cielo:
—Cuando un hombre muere por haber cumplido con su deber, dijo, ese hombre muere resignado y tranquilo.