—Son redactores de diversos periódicos.

—¡Ah! mil gracias!

—Excusadme, dijo sir Roberto, voy a decir dos palabras a Calcraft.

Y me dejó precipitadamente.

Quedé pues de nuevo solo, esperando con ansiedad el momento supremo.

Aquel desgraciado, que me era enteramente desconocido tres semanas antes, me interesaba ahora y había llegado a amarlo desde que conocía su secreto; y la idea de que iba a morir me oprimía el corazón de una manera indecible.

A las siete menos cuarto se presentaron Calcraft y sus segundos, subieron al cadalso, engrasaron la cuerda, ensayaron el movimiento de báscula de la trampa, y se retiraron en seguida.

Por último, a las siete en punto se abrió una puerta en el fondo del patio, y apareció el reo.

Venía un poco pálido, pero marchaba con paso seguro y la cabeza erguida.

Cuando se halló sobre el cadalso, me buscó con la vista y acabó por descubrirme.