Nuestras miradas se encontraron un momento.
—¡Acordaos! gritó con voz esforzada.
—¡Morid en paz! le repetí por segunda vez.
Pusiéronle en aquel instante el gorro negro, y Calcraft le echó al cuello el nudo corredizo.
Un segundo después estaba en la eternidad.
En seguida se dispersaron los espectadores y tan luego como hubieron partido, sir Roberto Mitchels se apresuró a venir a mi calabozo.
—¿Y bien? me dijo.
—Y bien, le respondí, lo he visto todo.
—Y... ¿qué impresión os ha causado?
—Ninguna.