Y extendiendo la mano hacia las agitadas aguas del Támesis, añadió:
—Ya sabéis que ambos son buenos nadadores, ¿no es verdad?
Vanda cayó de rodillas y, por toda respuesta, elevó su alma a Dios en acción de gracias.
XII
Ocho días habían trascurrido después de estos acontecimientos.
Si la curiosidad o un interés cualquiera nos hubiera impulsado a seguir a Marmouset y Vanda, hubiéramos podido encontrarlos juntos, en el piso principal de una casa de Saint-George street, en el Wapping. Era casi de noche, y empezaban a encender los reverberos de las calles.
Vanda y Marmouset hablaban por lo bajo, sentados junto a la ventana, y echaban de vez en cuando una mirada hacia la calle, como si esperasen a alguno.
—En fin, decía Vanda, todas nuestras pesquisas, todos nuestros esfuerzos han sido inútiles durante ocho días. ¿Qué ha sido de Rocambole?... ¡Oh! mucho temo que haya muerto.
—Es imposible, dijo Marmouset. Si él y Milon se hubiesen ahogado en el Támesis, ya hubieran sacado sus cadáveres.