—Pero, ¿dónde se hallan?

—Han pasado por aquí.

—¿Qué sabéis? dijo de nuevo Shoking.

—¡Oh! repuso Marmouset, yo no suelo engañarme; seguídme y lo veréis.

Y dejando colgar la linterna a algunas pulgadas del suelo, se dirigió, examinándolo cuidadosamente, hacia la ventana que daba sobre el río.

El suelo de la cueva presentaba algunos sitios acá y allá cubiertos de un lodo espeso, producido por la humedad y el derrame de los toneles de cerveza.

—¡Mirad!... ¡mirad! dijo Marmouset señalando las pisadas húmedas que habían dejado pasos recientes.

Siguiendo estas huellas, más o menos visibles, llegaron en fin a la ventana.

El río resonaba al pie luchando aún contra la marea.

—¿Comprendéis ahora?..... dijo Marmouset.