Marmouset puso la linterna en el borde de la abertura, y se aventuró por aquel abismo cuya profundidad no le era posible sondar. Afortunadamente sus pies encontraron un punto de apoyo.
—Alargadme la linterna, dijo entonces levantando las manos sobre la cabeza.
Shoking se la pasó, arrodillándose en el suelo, y el joven desapareció en aquella profundidad.
Vanda y sus compañeros se quedaron entonces en tinieblas.
Pero no habían pasado cinco minutos cuando la luz apareció de nuevo, y Marmouset volvió poniéndose de un salto en la cueva.
Su rostro estaba radiante de alegría.
—¡El capitán se ha salvado! dijo.
—¡Salvado! exclamó Vanda.
—¿Estáis bien seguro? preguntó Shoking.
—Los dos han escapado a la catástrofe, él y Milon, añadió Marmouset.