—Pues bien, supón que el muro de que se trata está ya construido.
—Bien.
—Y que no queda más que hacer que poner fuego al barril.
—¿Y qué?
—Tendríamos que esperar forzosamente siete u ocho horas.
Y como todos le miraban sin que nadie pareciese comprenderlo:
—El ruido sordo y continuo que oímos, añadió, nos prueba que estamos cerca del Támesis.
—Sí, dijo Milon.
—Y es la hora de la marea: de consiguiente nos es necesario esperar a que haya bajado el río.
—¿Por qué?