—¡Dios lo quiera! murmuró Vanda.
—Pero debemos obrar como si hubiese muerto.
—Tal es mi opinión, repuso Shoking.
—Pero en fin, prosiguió Marmouset, ¿dónde encontrar al abate Samuel?
—Yo me encargo de ello, dijo Shoking; y si queréis esperarme aquí.....
—¿Aquí?
—Sí; tomando un cab, estaré de vuelta antes de una hora.
—Está bien: esperaremos, repuso Marmouset.
—Que el abate Samuel me diga que puedo tener confianza en vosotros, y en seguida os entregaré los papeles, dijo Betzy.
Marmouset contemplaba en tanto aquel miserable aposento que no tenía más muebles que una mesa de pino y dos sillas rotas, además del jergón donde Betzy estaba acostada.