Shoking subió en seguida a la torre y llamó a la puerta disimulada en el muro, que daba al cuartito secreto donde el abate Samuel, el Hombre gris y todos los que el reverendo Patterson perseguía con su odio implacable, habían encontrado sucesivamente un asilo.
El abate Samuel se hallaba entregado a sus oraciones.
Al oír llamar en la forma convenida, vino a abrir la puerta y, al ver a Shoking, soltó, como el sacristán, una exclamación de alegre sorpresa.
—Padre mío, le dijo Shoking, ya sabéis que yo era el fiel amigo del Hombre gris, o mejor dicho, su servidor más adicto.
—Ya lo sé, repuso el abate.
—¿Tendríais inconveniente en atestiguarlo?
—Ninguno.
—En ese caso os suplico que vengáis conmigo.
—¿Adónde?
—A Rothnite, en Adam street.