—Ya no tenemos necesidad de ti, le dijo.
—¿Puedo volver a la tienda?
—Sí.
—¿Y no esperáis a nadie?
—A nadie absolutamente.
—Está bien, repuso el tabernero. Y se volvió por la escala, dejando a Shoking, Marmouset y el abate Samuel en la cueva.
Entonces este último pasó la mano por el fondo de aquella pared húmeda, buscando sin duda un resorte oculto; y en efecto, no tardó en abrir una puerta, tan hábilmente disimulada, que se confundía con el muro.
—He aquí nuestro camino, dijo el sacerdote.
La puerta descubría un estrecho corredor subterráneo, y todos tres entraron por él uno después de otro.
Marmouset iba el último, cerrando la marcha, y el abate Samuel caminaba delante, alumbrando con la linterna que había tomado al publican.