El pasadizo subterráneo, bajo y estrecho, tenía la forma de un conducto de desagüe, y se prolongaba por un espacio de más de treinta metros, hasta llegar a una pequeña escalera de seis peldaños gastados y desiguales.

Esta escalera iba a parar a una puerta que se hallaba solamente entornada, pues cedió al empujarla el abate Samuel.

Entonces el sacerdote apagó la linterna.

—¿Qué hacéis? preguntó Marmouset.

—Soy prudente.

—¿Pues dónde estamos?

—En un panteón de familia.

—¡Ah!... ¿es posible?.....

—Mirad, añadió el abate Samuel, ahora que estamos sin luz, fijad la vista a vuestro frente.

—Bien.