De un carácter exaltado ya, y viciado por la lectura de las novelas de Walter-Scott y los poemas de Byron, lady Evelina Pembleton se había vuelto loca.

Sin duda se creía en la edad media, en tiempo de las luchas heroicas de los clanes escoceses y los barones ingleses, y pretendía defender a su hijo contra enemigos imaginarios.

Los buenos escoceses llamados en su ayuda, y que se habían apresurado a prestarle sus servicios, empezaban a participar esta de creencia.

Una sola persona era de contraria opinión, y afirmaba que lady Pembleton no estaba loca y que tenía razón muy fundada para obrar así.

Esta persona era Tom.

Pero Tom no se explicaba más y guardaba fielmente su secreto.

En fin, al cabo de tres meses, lady Pembleton despidió a sus Escoceses, hizo bajar el puente levadizo de Old-Pembleton, mandó disponer y cargar sus carruajes, y dejando con sus numerosos domésticos el castillo feudal, bajó a la magnífica quinta de New-Pembleton, y se instaló en ella con sus dos hijos.

Los nobles establecidos en los alrededores, así como los ricos campesinos y notables habitantes de las villas y aldeas inmediatas, no tardaron entonces en emitir la opinión de que la hermosa viuda había recobrado en fin la razón.

Y sin embargo, el único motivo que había ocasionado este cambio completo de existencia, reposaba sobre un lacónico despacho que lady Pembleton recibiera de Londres.

Aquel despacho decía: