Un solo hombre lo sabía tal vez, y conocía asimismo el secreto de lady Pembleton.

Este hombre era un joven escocés, llamado Tom, hermano de leche de lady Pembleton, la cual era joven también y bella, y no había cumplido aún veinte y cuatro años el día en que quedó viuda.

Así, desde el primer día de la llegada al castillo, Tom se instaló en el cuarto donde dormía el niño, y pasó allí la noche sentado en un sillón, teniendo al alcance de la mano su carabina de cazador.

Lo mismo tuvo lugar la noche siguiente y las demás que se sucedieron.

Y durante todas esas noches, los Escoceses velaban paseándose por las murallas del antiguo castillo, y tenían cuidado, apenas llegaba el crepúsculo, de levantar el puente levadizo.

Lady Pembleton aparecía de tiempo en tiempo en medio de ellos, unas veces inquieta, otras veces al parecer más tranquila, pero siempre melancólica y como perseguida por un espantoso recuerdo.

Tres meses trascurrieron así.

Durante esos tres meses, con grande admiración de toda la comarca, Pembleton-Castle tuvo una verdadera guarnición.

Los rumores más extraños empezaron a circular entonces.

La muerte de lord Evandale,—decían,—había turbado la razón de la pobre viuda.