Su aspecto era muy triste y aun derramó abundantes lágrimas al verlos; pero no hallaron en sus discursos ni en sus maneras, nada que pudiese confirmarlos en la opinión de que se habían alterado sus facultades mentales.

Lady Pembleton gozaba de toda la plenitud de su razón.

Sin embargo, sus nobles parientes creyeron deber pedirla algunas explicaciones.

Pero lady Evelina se negó a satisfacerlos.

Entonces lord Ascott hizo valer su autoridad paternal, y exigió con severidad lo que se rehusaba a la persuasión.

Lady Evelina persistió en su negativa.

Lord Ascott se dejó llevar de la cólera, y hasta llegó a decirla que la familia de lord Pembleton hablaba ya de privarla de la administración de sus bienes y de la tutela y educación de sus hijos.

Lady Evelina bajó la cabeza y se deshizo en lágrimas.

En fin, no pudiendo resistir más, se echó a los pies de su padre y le dijo:

—Milord, sé que os debo obediencia y no pretendo sustraerme a vuestra autoridad..... pero sé también que la confesión que me obligáis a haceros, va a destrozar vuestro corazón paternal. Dispensadme pues de esa confesión.... os lo suplico por vos y por mí.