Esos hombres son criminales condenados a la deportación colonial, y que la Inglaterra ha enviado a las lejanas tierras de Australia para hacerles expiar sus crímenes.
Y entre ellos, sin embargo, se encuentra un inocente.
Un inocente que eleva a veces sus ojos al cielo, tomándolo por testigo de los inmerecidos sufrimientos que padece.
Y aquí milady, enjugando de nuevo sus lágrimas, añadió:
—¿Y sabes, Tom, quién es ese hombre?
—No, milady.
—Es mi hijo.
—¿Lord William?
—Sí.
—¡Oh! Lina, exclamé, vuestra imaginación excitada os extravía.