Y era un Indio en efecto, un hijo de la raza cobriza que los Ingleses han logrado subyugar.
Tal vez aquel hombre había sido rey en su país, y ahora vivía de la caridad pública entre sus enemigos.
A pesar del vigor que manifestaba, el Indio, como hemos dicho, era un anciano.
Algunos raros cabellos entrecanos se escapaban de su gorro de lana gris; y una larga barba inculta le caía sobre el pecho.
—Mis buenos señores, dijo levantando hacia los dos gentlemen sus manos suplicantes, dignaos socorrer al pobre Indio.
Lord William le arrojó una guinea.
—¡Vete! le dijo.
El Indio recogió lo guinea y desapareció entre la maleza.
—Por cierto, milord, dijo sir Evandale, que practicáis la caridad de una manera bien brutal.
—¡Ah! ¿os parece así, hermano? repuso el joven lord.