Estos jóvenes eran los dos huérfanos de la noble familia.

Lord William Pembleton, el actual jefe de ella, aquel niño que su madre y el fiel Tom habían guardado con tanta solicitud, era ahora un apuesto y gallardo joven de diez y nueve años, alto, esbelto, y sin embargo robusto.

Su hermano, por el contrario, aunque apenas tenía dos años menos, era débil, delicado y de pequeña estatura.

Lord William tenía una fisonomía abierta y franca, la mirada noble y leal, y la boca siempre risueña.

Sir Evandale, su hermano, tenía el rostro anguloso, los labios delgados y descoloridos, la mirada torva y traidora.

El primero era un tipo de nobleza y de lealtad.

El segundo descubría a su pesar algo de bajo, de astuto y de envidioso.

Ambos iban montados en magníficos poneys de Escocia, y llevaban la casaca escarlata de los cazadores de zorras. De este modo se dirigían al bosque vecino, donde los esperaba una alegre cuadrilla de sus compañeros de caza.

Cabalgando así, llegaron al extremo inferior de la avenida, e iban a salir por la verja del parque que daba al camino real, cuando de pronto les cerró el paso un hombre que se hallaba reclinado contra la puerta de la verja.

Aquel hombre era un mendigo, un pobre diablo en harapos, listo y vigoroso, aunque ya de cierta edad, con la tez cobriza de los Indios.