—Justamente.

—Y John Pembrock no fue más afortunado que los otros médicos sin duda.

—John Pembrock se hizo describir por Tom todos los síntomas de la enfermedad.

—¡Ya! y no vino al castillo..... ¿no es eso?

—Al contrario, sin duda vio esperanza de éxito, pues se presentó aquella misma noche en el puente levadizo de Old-Pembleton.—Pero desgraciadamente no venía solo.

—¡Ah!

—Un hombre lo acompañaba, y ese hombre era el mendigo que acabamos de ver.

Ahora bien, amigo mío, prosiguió lord William, debo deciros ante todo, que nuestra santa madre, se hallaba perseguida hacía muchos años por misteriosos e inexplicables terrores.—Tom, que poseía toda su confianza, no ha querido jamás explicarse francamente conmigo sobre esto.

Nuestra madre se había refugiado pues en Old-Pembleton, y todas las noches alzaban el puente levadizo y no dejaban entrar a nadie.

Tom, conformándose con las órdenes recibidas, se negó a abrir al mendigo: solo podía franquear la puerta a John Pembrock, el médico que había prometido curar a nuestra madre.