—¡El Indio! murmuró aterrado sir Evandale.
—Sí, el Indio, repuso una voz sorda e irónica, el Indio que es tu amigo y que viene a ofrecerte sus servicios. Él aborrece como tú a lord William, con un odio inextinguible y mortal.
XXIV
diario de un loco de bedlam.
X
Sir Evandale contemplaba al Indio con un asombro que no estaba exento de temor.
Aquel hombre podía considerarse como viejo, si solo se fijaba la atención en sus canas, pero los rasgos de su fisonomía rebosaban juventud y, cosa extraña, sin el color bronceado de su rostro, se le hubiera tomado por un europeo, tanto se acercaban sus facciones al tipo de la raza caucásica.
Sin embargo, no se crea por esto que era bello, pues si sus facciones eran nobles y correctas, su rostro estaba desfigurado por profundas cicatrices que notablemente le afeaban.
Cuando el Indio iba por los caminos implorando la caridad de los transeúntes, solía levantarse las mangas del vestido y entreabrir la camisa; y todos los que llegaban a verle por un momento los brazos o el pecho, experimentaban un vivo sentimiento de horror.