Sin embargo uno de los gentlemen no había seguido la caza.

Al partir sus compañeros se había detenido en un recodo del bosque, y apeándose al pie de un árbol, había atado a él su caballo y se había sentado sobre la yerba.

Veíase pintada en su rostro la lucha de las más encontradas y detestables pasiones, y sus ojos vertían lágrimas de rabia.

—¡Fatalidad!....... decía, ¡injusticia de la suerte!..... ¡Ambos somos hijos de los mismos padres..... la misma sangre corre por nuestras venas; y sin embargo todo es para él, la fortuna, el rango, las dignidades!..... ¡y como si esto no bastara, hasta me arrebata a miss Anna!

Yo en tanto debo contentarme con una charretera en el ejército de la India... ese es todo el porvenir que me ha dado mi familia.

¿Es una burla del destino?

¡Oh! ese hombre es mi hermano..... pero lo odio..... lo aborrezco con toda mi alma!

Sir Evandale, fuera de sí de ira, había pronunciado estas últimas palabras en voz alta, creyéndose absolutamente solo.

Y sin embargo se engañaba.

No había acabado de hablar, cuando se entreabrió el ramaje de un árbol vecino, y apareció entre las hojas una cabeza bronceada, coronada de cabellos blancos e iluminada por dos ojos que brillaban como tizones encendidos.