—Y podéis dar las gracias a sir Archibaldo, hermano, dijo lord William.

—¡Ah! exclamó sir Evandale.

—Sí, prosiguió el joven lord, puesto que debéis vuestro grado a su apoyo y al de sus amigos de Londres.

Y añadió, creyendo que la emoción que se pintaba en el rostro de su hermano era de alegría:

—Pero, no partiréis de seguida, ¿no es verdad?

—Sois el jefe de nuestra casa, respondió irónicamente sir Evandale, y por lo tanto a vos os toca mandar y a mí obedecer.

—Pues bien, dijo lord William sonriéndose, os ordeno permanecer algunos días aún a mi lado, y asistir a mi matrimonio.

—Seréis obedecido, murmuró sir Evandale con acento feroz.

—Vamos, todo eso está muy bien, dijo sir Archibaldo. ¡Ahora, señores, la señal a los ojeadores y corramos la caza!

A poco empezó el ojeo, la zorra huía ya fuera de su camada, los perros ladraban con furor, los caballos galopaban en todas direcciones, y las trompas de caza resonaban por la llanura.