Pero el que palideció más visiblemente y sufrió más sin duda, fue sir Evandale.
Sin embargo su rostro permaneció impasible, y la viva emoción interior que trastornó todo su ser, se manifestó únicamente en su palidez y en un ligero estremecimiento de los labios.
De repente sir Archibaldo pareció distinguirlo entre los demás caballeros que le rodeaban, y le dirigió directamente la palabra.
—¡Hola! sir Evandale, le dijo, también tengo para vos una buena noticia.
—¿Para mí? exclamó sir Evandale estremeciéndose.
—Para vos.
—¡Oh! ¿Os burláis?....
—¿No habíais solicitado entrar a servir en el ejército de la India?
—En efecto, respondió sir Evandale.
—Pues bien vuestro despacho de capitán de cipayos me ha llegado esta mañana.