Pero Nizam no se había salvado por esto.
Aquel ruido formidable, que acrecía sin cesar, y que se oía ya a corta distancia, el pobre Indio lo había reconocido........
Era una tropa de elefantes que atravesaba la espesura.
Nizam cruelmente herido y sin fuerzas para moverse, hacía tristes reflexiones.
—Los tigres no me han acabado, se decía, pero los elefantes pasarán sobre mi cuerpo y me aplastarán bajo sus pies.
Pero Nizam se engañaba y juzgaba mal a los elefantes.
Estos iban en número de más de doscientos.
¿De dónde venían?... ¿A qué punto se encaminaban en compañía tan numerosa?
Nizam juzgó que aquellos animales emigraban, pues llevaban consigo a sus hembras y sus hijuelos, y en medio de ellos marchaban los elefantes viejos, que se distinguían por sus orejas enteramente blancas.
Un jefe iba a la cabeza, a más de cien pasos delante de la columna.